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domingo, 6 de febrero de 2011

Vampiros de verdad: 'Déjame entrar (Let Me In)' de Matt Reeves

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avatar Alberto Abuín 1 de febrero de 2011

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Vaya por delante un aviso a ciertos lectores que tal vez se rasguen las vestiduras al ver incluida en el especial sobre vampiros mucho mejores que las nenazas ésas que brillan con los rayos del sol una película como ‘Déjame entrar (Let Me In)’ (Matt Reeves, 2010). Revisado el film sueco, que por supuesto merece su inclusión en el especial, no ha cambiado mi opinión al respecto desde la primera vez que la vi, pero sí debo retractarme de algo que escribí en su momento. Dije que la magistral película sueca sería estropeada por el consabido remake norteamericano. Es un placer para mí tragarme esas palabras, y a pesar de que la idea de hacer un remake de un film de tan sólo dos años de vida, me parece de lo más absurda, sí es cierto que cuando la operación sale bien —muy pocas veces— uno no debe cerrarse en banda por el hecho de ser un remake.

Dicen por ahí que para disfrutar de una película como ‘Déjame entrar (Let Me In)’, lo mejor es acercarse a ella olvidándose de que uno ha visto la original. Es muy fácil. Según esta gente, uno debe eliminar de su cerebro la experiencia de haber visto una película como si tal cosa, algo que no dudo algunos sean capaces de hacer continuamente. Uno no puede obviar el cine anterior que se ha visto, hacerlo sería negarse a ver e intentar entender la evolución que el séptimo arte tiene desde su creación. En cualquier caso, una de las virtudes del trabajo de Matt Reeves es precisamente la de tener vida propia aún teniendo que ser comparada con la versión dirigida por Tomas Alfredson.

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La historia del remake es prácticamente la misma que en la original. Uno puede llegar a pensar que está viendo una fotocopia americana, y así es pero sólo en lo que podríamos denominar esqueleto de la historia. Matt Reeves ha sido lo suficientemente inteligente —al igual que ya hizo en la interesante ‘Monstruoso’ (‘Cloverfield’, 2008), sacándole miga a una mínima historia— como para realizar unos pequeños cambios en el material para apartarse considerablemente de él. Así logra mantener cierta distancia y al mismo tiempo rendir respeto, tal vez demasiado hacia el trabajo original. Puede que ésa sea la mayor traba de ‘Déjame entrar (Let Me In)’, Reeves tiene poco margen para moverse, y aún así consigue cierta independencia, logrando ahondar más en ciertos puntos de la historia. Por la contra otros quedan sacrificados en pos de cierta comercialidad.

Lo primero que nos encontramos es evidente su cambio territorial. De la Suecia de los ochenta pasamos a Nuevo México —el proyecto Manhattan se liga así con una de las filosofías de Abby: devolver el golpe muy fuerte— de la misma década, algo que no es recordado en detalles como el cubo de Rubik o los discursos televisados de Reagan. También existe en la cámara de Reeves cierto halo nostálgico por el cine de terror de aquellos años, y parece marcada por el estilo de cineastas como John Carpenter. No en vano en el argumento vemos referencias a ‘Taxi Driver’ (id, Martin Scorsese, 1976) y ‘Halloween’ (id, John Carpenter, 1978), una por el impacto que tuvo en la sociedad americana, la otra como guiño cinéfilo hacia el género de terror en aquellos años —el personaje de Richard Jenkins actúa cual Michael Myers en sus salidas nocturnas en busca de sangre—.

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En este último aspecto Reeves acentúa los toques gores del relato, logrando no excederse demasiado. Y con ello no sólo busca un público más amplio, sino que resulta más coherente con su discurso. En el film sueco, la historia poseía una fuerte carga sexual, jugueteaban con la ambigüedad. Reeves realiza un relato sobre la sangre, y queda más claro el proceso de reclutamiento por parte de Abby —una excelente Chloe Moretz— hacia Owen —Kodi Smit-McPhee no tan excelente—, aún cayendo en errores como mostrar unas viejas fotografías que desvelan la relación entre Abby y el hombre que parece su padre, un sensacional Richard Jenkins, tal vez un poco desaprovechado por lo poco que aparece en pantalla. La anulación del toque sexual potencia ese lado de la historia, y se centra demasiado en temas como el bulling, también presente en el film sueco, pero Reeves gusta de recrearse en ello.

‘Déjame entrar (Let Me In)’ decae un poco en su último tramo, cuando el director /guionista ya no puede improvisar demasiado y su similitud con el film sueco es total y absoluta. La escena de la piscina no posee tanta fuerza, y en ella se caen en una serie de concesiones al público que trastocan un poco el resultado final. Del mismo modo que la inclusión del personaje del policía —un efectivo Elias Koteas— pone en evidencia algunos puntos débiles en la trama, Reeves rechaza todo lo que es sugerencia y muestra más de lo debido. Resulta curioso que esta película sea con la que la mítica Hammer Film regresa al campo de acción, pues esta productora siempre se caracterizó, al menos en sus trabajos más recordados, por la sugerencia. Al menos logra en gran parte de su metraje el mismo objetivo que el film sueco, reescribir el género vampírico, reinterpretarlo sin insultar su esencia. Hacer eso en un remake es bastante elogiable.


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domingo, 28 de noviembre de 2010

Vampiros de verdad: 'El vampiro sangriento' de Miguel Morayta


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Ahora que se acerca el estreno de ‘Harry Potter y las reliquias de la muerte: 1ª parte’ (‘Harry Potter and the Deathly Hallows: Part 1’, David Yates, 2010) he creído conveniente rescatar en el especial sobre vampiros que os estamos ofreciendo en Blogdecine una película mexicana muy poco conocida titulada ‘El vampiro sangriento’ (id, 1962). ¿Por qué? Muy sencillo; para aquellos que piensen que la maldita manía de filmar dos entregas seguidas y comercializarlas por separado, o como en el caso de la saga Potter separar con toda la cara del mundo una entrega para que el aficionado se gasta el doble de dinero, es algo que se ha puesto de moda en los últimos años, no es así. Y no hay que remontarse a los casos de Robert Zemeckis con sus continuaciones de ‘Regreso al futuro’ (‘Back to the Future’, 1985), ni a Richard Lester con sus mosqueteros, y tampoco a los dos primeros títulos de la saga ‘Supermán’. Hay que ir más atrás.


Esa técnica, o moda, o como queráis llamarla, al igual que la de los remakes, es tan antigua como el propio cine. Sin necesidad de irnos al todopoderoso cine estadounidense, ‘El vampiro sangriento’ es una de esas películas que se filmaron conjuntamente con su secuela, ‘La invasión de los vampiros’ (id, 1963), aún menos conocida que su predecesora. En este post nos centraremos evidentemente en el primer título, toda una rareza dentro del cine mexicano, realizada en una época en la que en dicha cinematografía se apostaba fuerte por el género fantástico o de terror con vistas a buscar un mercado internacional. El director de origen español Miguel Morayta fue uno de sus máximos artífices.


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El caso de Morayta es cuanto menos curioso. Sin entrar en demasiados detalles, hay que anotar que el director nacido en Ciudad Real hace nada menos que 103 años —aún sigue vivo— no empezó su vida profesional en el séptimo arte, sino en el ejército, convirtiéndose en el Oficial de artillería más joven del Ejército español, mientras hacía sus pinitos en la publicidad. Tras luchar en la Guerra Civil española en el bando republicano —y eso que era sobrino segundo del General Francisco Franco—, sus andanzas le llevaron hasta campos de concentración en la Francia ocupada, en alguno de los cuales estuvo a punto de morir. Salvado de ser fusilado por un oficial de la Gestapo con el que compartía gustos cinéfilos, llegó en 1941 a Veracruz donde se buscó la vida. Dentro del cine.


A pesar de que en nuestro país el nombre de Miguel Morayta es totalmente desconocido —el propio realizador tiene su particular opinión al respecto, pero prefiere no hablar de ello—, en México está considerado uno de los grandes precursores del cine mexicano. Trabajador incansable, llegó a filmar la friolera de 85 películas —la última data de 1975— siendo ‘El vampiro sangriento’ una de las que más ayudaron al conocimiento internacional del cine mexicano. Su argumento, obra de Morayta, no se aparta en demasía del resto de films sobre vampirismo, sin ir más lejos los de la Hammer, tan de moda en aquellos años, pero aporta ciertos elementos que proporcionan cierta originalidad al conjunto.


Apuntemos. Tenemos el carruaje siniestro con el que empieza el film, filmado en un sorprendente ralenti; éste, en lugar de estar conducido por uno de los esbirros del vampiro o por él mismo, está guiado por la mismísima muerte. El Conde Siegfried von Frankenhausen —un espléndido Carlos Agostí— es nuestro vampiro protagonista, un noble cuyos secretos vicios llevan a ser el vampiro más temido de la zona. Hablamos de una película en la que los vampiros se dividen en dos: los vivos y los muertos; los segundos no hacen absolutamente nada más que esperar en sus ataúdes, y son vampiros por culpa de una sustancia que se encuentra en su sangre cuyo nombre prefiero no nombrar por aquello de dejar a George Lucas como el que inventó la sustancia más ridícula para las venas cinematográficas. Evidentemente, y gracias a la intervención de cierto profesor, dicha sustancia puede ser extraída del cuerpo gracias a un curioso artefacto que hay que clavar en el corazón de la pobre víctima.


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Siegfried von Frankenhausen además está casado, uno de los puntos débiles del relato, pues no se entiende el porqué deja viva a su mujer, una de sus máximas enemigas, cuando podría haberse deshecho de ella hace tiempo. Sin embargo, la presencia de la esposa, aterrorizada por lo que es su marido, da lugar a situaciones de lo más interesantes cuando en el castillo de Frankenhausen llega una nueva criada, en realidad la prometida de un doctor que visita a la condesa con el fin de averiguar si von Frankenhausen es el temido vampiro. Es en el castillo de los Frankenheusen donde Morayta consigue sus máximos hallazgos de puesta en escena, gracias a un ejemplar uso de los espacios y los ambientes lóbregos. Si de algo puede presumir ‘El vampiro sangriento’ es de poseer una adecuada atmósfera irreal.


En el lado negativo tenemos unos diálogos, que en buena parte del metraje no hacen otra cosa que subrayar lo que ya vemos, y unos efectos visuales que fallan a la hora de retratar el enorme murciélago en el que se transforma von Frankenhausen, y que Morayta filma con demasiada claridad. Por lo visto, en los estudios mexicanos sólo poseían una figura de un murciélago gigante con enormes orejas de conejo (¿¿??) y que era utilizado en muchas películas. A día de hoy resulta muy difícil distanciarse para que dicho muñeco no provoque risa, y hasta vergüenza ajena. Afortunadamente, los logros de ‘El vampiro sangriento’ superan a sus defectos, y en una época en la que se solían cerrar las películas, se atreven con un final nada complaciente en el que el Mal sigue libre. Por no hablar de los interesantísimos apuntes de sadismo que provienen de la máxima seguidora del vampiro, Frau Hildegarda, papel a cargo de una escalofriante Bertha Moss.


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