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jueves, 10 de febrero de 2011

'Amor y otras drogas', ni ritmo ni humor para una torpe adaptación

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avatar Beatriz Maldivia 29 de enero de 2011

Amor y otras drogas

Ayer comentaba en la crítica de ‘¿Cómo sabes si…?’ que existen comedias románticas que no merecen el primer apelativo. Lo suscitaba porque tenía en mente la última que había visto, una película que carece casi por completo de comicidad, a pesar de que podría haberla tenido: ‘Amor y otras drogas’ (‘Love and Other Drugs’), el film de Edward Zwick, que se estrenó con gran éxito hace un par de semanas.

Durante unos segundos, la cinta se acerca a lo que podría haber sido al estar basada en el libro autobiográfico de Jamie Reidy ‘Hard Sell: The Evolution of a Viagra Salesman’ («una venta difícil: la evolución de un vendedor de Viagra»), es decir, a una comedia gamberra sobre erecciones incontrolables y situaciones incómodas. Sin embargo, todo lo que apunta en esa dirección es cercenado rápida y torpemente.

Si se hubiese mantenido esta línea, quizá no tendríamos ante nosotros un buen film, pues los chistes que surgen a este respecto son facilones y, para las mentes más sensibles, de mal gusto. Pero, al menos, sería una película graciosa, con algo que aportar y centrada.

Amor y otras drogas

Sospecho —aunque no tengo constancia de ello— que la trama que se ha extraído del libro, que probablemente sí tendrá un aire cómico, se ha querido complementar con un nuevo conflicto, quizá con la idea de hacer más profunda la película o con la de que no se quedase en nada. Así, se ha introducido la cuestión de la enfermedad de la joven y de lo que puede suponer para el protagonista enamorarse de ella. Aparte de que esto termina de echar por tierra cualquier posibilidad de comedia, esta trama se hace muy ajena a la otra, pues no están conectadas de ninguna forma. Es como ver dos películas intercaladas, en lugar de una sola.

No tengo nada en contra de los dramas. Si ‘Amor y otras drogas’ hubiese resultado una tragedia redonda donde se comprendiesen las consecuencias de una enfermedad y lo que supone vivir junto a alguien que la padece, me parecería perfecto. Lo que ocurre aquí es que tampoco nos encontramos ante un drama, ni siquiera ante una tragicomedia, sino ante una mezcla imposible, que no va hacia un lado ni hacia el otro.

Por si fuera poco, el Parkinson tendría que suponer el obstáculo para su amor, pero en ninguna cabeza puede caber que, si una persona quiere de verdad a otra, se vaya a alejar por un tema como ese. Que la película magnifique la bondad del protagonista con esta cuestión redondea la pobreza emocional del producto.

Amor y otras drogas

Da la impresión de que se está presenciando un premontaje, es decir, una primera versión sin pulir ni afinar. Al conjunto le sobran escenas enteras —como las dos del inicio, tanto la de la tienda de televisores como la de la familia— y las que no sobran son más largas de lo necesario y carecen por completo de ritmo. Lo que es más grave: sobran personajes enteros, como el del hermano del protagonista, típico secundario feo y freak —en la foto anterior—, con el que en teoría conseguir humor, pero que en este caso no aporta nada. El montador es Steven Rosenblum, quien tiene una carrera importante a sus espaldas, por lo que más que falta de habilidad, habría que encontrar aquí una decisión errónea en cuanto al tono elegido para el film.

Los temas musicales de la época —la película está situada en los últimos noventa, cuando se comercializó la pastillita azul— amenizan algunas de las secciones, siendo lo único que aporta el brío y la fuerza que no se han sabido dar a las demás secuencias.

Las pocas opciones que tiene la película de acercarse al humor, se abortan inmediatamente, como decía. Uno de esos momentos lo crea la necesidad visitar el hospital del personaje de Gyllenhaal, que da pie a una escena con cierto humor, a la que no llega a sacársele partido porque acaba de repente. El otro se produce cuando se fuerzan en un diálogo los juegos de palabras como el que Reidy incluyó en el título: «hard» en inglés, significa «difícil», pero también «dura». Esta escena está dirigida y montada de manera que la posible gracia se pierde por completo, supongo deliberadamente y por pudor, aunque también podría deberse a la incapacidad.

Amor y otras drogas

No es que a ‘Amor y otras drogas’ le falten los buenos intérpretes, con los que sí contaba ‘¿Cómo sabes si…?’. Al contrario: su atractivo comercial reside en sus protagonistas. Jake Gyllenhaal lo hace muy bien, es un espléndido actor, pero no sé si maneja la comedia tan bien como debería. Anne Hathaway está perfecta, puede que sea lo único bueno o lo mejor del film —o quizá, para una buena parte del público, ni siquiera ella, sino sus desnudos—.

Los secundarios son también de renombre y suelen tener gracia en otras películas o series: Oliver Platt, Hank Azaria, Josh Gad, Judy Greer y Gabriel Macht. Pero ni con este elenco la cinta se despierta del sopor en el que está sumida.

No me esperaba una buena película. Sin embargo, me esperaba otro tipo de mal film, uno de ésos que te enganchan a pesar de todo, que te permiten pasar un rato entretenido y que hasta te provoca alguna risilla, aunque sean pocas. El aburrimiento soberano y la falta de interés que sentí con ‘Amor y otras drogas’ no me los había visto venir.

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sábado, 22 de enero de 2011

'También la lluvia', otro torpe relato español

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avatar Juan Luis Caviaro 12 de enero de 2011

tambien-la-lluvia

Por fin se estrenó el pasado día 5 la última película de Icíar Bollaín, ‘También la lluvia’, un relato escrito por Paul Laverty que en un principio iba a dirigir Alejandro G. Iñárritu (en su lugar optó por ‘Biutiful’). Como sabéis, este drama situado en Bolivia, protagonizado por Luis Tosar y Gael García Bernal, es uno de los títulos favoritos para triunfar en la próxima entrega de los premios Goya, al ser nominada en trece categorías, incluyendo mejor película, dirección, actor y guion. Algunas candidaturas más tiene ‘Pan negro’ de Agustí Villaronga, y ‘Balada triste de trompeta’ de Álex de la Iglesia, que ha logrado quince. Ninguna de las tres puede presumir de éxito de público. Pero que nadie se alarme, De la Iglesia prepara ya su nueva película, y eso que repite incansablemente que su cargo en la Academia es un trabajo de 24 horas que solo le trae disgustos. Ojo, la película del presidente de la Academia que entrega los Goya tiene quince nominaciones, y la de la vicepresidenta trece. No es que huela a chamusquina, es que apesta.

Antes de continuar quiero descubrir todas mis cartas y dejar algo claro: no suelo ver cine español. Por lo general, no me interesa, ni sus temas, ni las formas de tratarlos; y otras veces no puedo verlo (‘Pan negro’ no llegó a los cines de mi ciudad). Ya sé que el cine español no es un género, es idiota verlo de esa manera, pero es evidente (desde mi punto de vista) que muchas están cortadas por el mismo patrón, esto es, que ves una y has visto cien. No pasa con todas, desde luego, ahí está ‘Buried (Enterrado)’, no se parece a ninguna otra hecha en este país. No es fácil el problema de “nuestro cine”, pero lo más grave es que sus responsables no se dan por aludidos, miran a otra parte, acusan a otros, y siguen trabajando de la misma manera, ciegos, sin plantearse de verdad dónde fallan y por qué no conectan con el público. ‘También la lluvia’ cuenta con un atractivo reparto y es la candidata de España para el Oscar a la mejor película de habla no inglesa; podéis mirar sus cifras en taquilla, o echar un vistazo a la sala cuando vayáis a verla, la mayoría de las butacas estarán vacías.

Animado por la idea de disfrutar de otro trabajo de uno de los mejores actores de este país, Luis Tosar, en un relato que puede estar nominado al Oscar, y teniendo en cuenta la entusiasta valoración de mi compañera Beatriz, me senté a ver ‘También la lluvia’ con sumo interés, convencido de que iba a encontrar un buen motivo para tener esperanza en el cine que se hace aquí. No recuerdo en qué momento desvié por primera vez la mirada, ya desesperado, pero desde el mismo arranque noté que algo no funcionaba, que estaba poniendo demasiado de mi parte para que me interesara lo que estaba sucediendo en la gran pantalla. Se supone que la película te está contando un gran drama, vemos a los personajes sufrir, hablan de cosas importantes… pero casi nada parece verdadero, tiene uno la sensación de estar asistiendo a un ensayo, en el que los actores no están poniendo toda la carne en el asador, confiados en que todo mejorará más adelante.

tosar-bernal

La película nos traslada a Bolivia en el año 2000 para narrarnos hasta tres historias paralelas, relacionadas entre sí de diversa manera. La principal, de la que derivan las otras, es la de un equipo español que pretende rodar una película centrada en la conquista de América; más concretamente en la injusta situación vivida por los indígenas y en el enfrentamiento, por este motivo, entre algunos miembros de Iglesia y el imperio. Los personajes principales de esta trama son el productor Costa (Tosar), a quien en apariencia solo le preocupa el rodaje y que se lleve a cabo de la forma más barata posible, el director Sebastián (Bernal), un joven idealista que parece fascinado por la reivindicación de los derechos de los indios americanos, y un veterano actor, Antón (Karra Elejalde), que interpreta a Cristobal Colón. Mientras se cuece la filmación, que funciona como un viaje temporal, cuyas escenas cobran vida como si realmente estuvieran ocurriendo en ese momento (la aventura en tierras americanas es otra de las líneas de acción), asistimos a una revuelta popular por la privatización del agua (la conocida Guerra del agua de Cochabamba).

No sale en el cartel, y su nombre no le sonará a nadie, pero el verdadero protagonista de ‘También la lluvia’ es Juan Carlos Aduviri. Sobre él debería recaer el peso de la narración, porque está sensacional en su doble papel de Daniel, luchador padre de familia, y Hetuey, líder indígena. Mientras la cámara lo enfoca, la película se llena de energía y alcanza su mejor tono, el drama se vive, se siente, se palpa, y poco importa que haya otros a su alrededor que no están tan inspirados o que Bollaín se pierda intentando controlar un relato que le viene grande; todo lo que le ocurre a Daniel/Hetuey tiene interés, parece auténtico y tiene fuerza. Por desgracia, tenemos que volver una y otra vez a la parte de la filmación y las (inverosímiles) dudas de Costa y Sebastián, cuyo plan estalla en pedazos al encarar una crisis real, la desesperación de los bolivianos por la escasez de agua, un hecho que revela la hipocresía de nuestro sistema actual, apoyado en heridas que siguen abiertas, como bien expone Antón, el personaje más coherente y carismático de todos los que integran el equipo de rodaje español.

Fracasa la exposición del viaje emocional de Costa y Sebastián (imposible que no se sienta atraído por la verdadera rebelión que tiene ante sus ojos), con unos actores muy desafortunados (Tosar tiene alguna escena muy buena, donde se deja llevar por sus entrañas, pero Bernal está fatal, es un error de casting), que quedan en evidencia ante la presencia de Aduviri y la fantástica interpretación de Elejalde. El guion parte de una jugosa premisa pero requiere demasiadas “casualidades” para avanzar (la conversación telefónica junto a Daniel, la detención casi en la cruz, la petición de auxilio justo cuando el equipo se marcha), lo que se agrava con la mecánica realización de Bollaín, que no saca partido al juego de realidades (Satoshi Kon lo habría bordado), entre otras razones porque las recreaciones no resultan verídicas, y debería haber visto ‘Hijos de los hombres’ (2006) antes de planificar la secuencia final (esa nefasta cámara lenta). Sí puede presumir esta producción (con inversión francesa y mexicana) de la música de Alberto Iglesias y de la fotografía de Alex Catalán, lo mejor junto a los dos actores destacados de una película fallida, efectista, equivocada.

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criticas

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